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Mi verano azul particular

Publicado por Desirée Bela-Lobedde el octubre 5, 2011
Categorías
  • Anécdotas
Tags
  • infancia
  • nostalgia
  • pandilla
  • vacaciones
  • verano

Ahora que se ha acabado el verano y volvemos a la rutina, me da por ponerme nostálgica. Disminuyen las horas de luz, y eso siempre suele hacer mella en mi. La llegada del otoño me embajona. Irremediablemente. Es transitorio; me pasa cada año, y cada año lo supero, cómo no.

Pero me pongo nostálgica, en parte porque me gusta el sentimiento de nostalgia, la sensación de evocar tiempos pasados que fueron felices. Felices, ojo. Y ahora que soy madre, tiendo a echar la vista atrás, intentado recordar cómo eran mis veranos en la infancia. Cómo era la vida en un pueblo pequeño, a medio urbanizar, en crecimiento constante.

Vivía en una casa independiente, en una urbanización que permanecía desierta entre semana, y el fin de semana y vacaciones se llenaba de gentes que tenían allí su segunda residencia, o su casita de campo, con un poquito de huerto para cultivar cuatro cositas. Mi casa tenía jardín en la parte delantera: un par de palmeras, rosales, margaritas, petunias… la caseta de los perros; y, en un extremo, un pequeño gallinero. En la parte trasera, una balsita para chapotear, la caseta de la leña… y el huerto.

Cómo recuerdo aquellos veranos: levantarme y desayunar magdalenas de la Bella Easo mojadas en Cola-Cao. Al cabo de poco, alguien de la pandilla, aparecía llamándome desde el muro de casa (por lo general, era mi amiga N.), bajaba las escaleras de casa al grito de “¡mamá, me voy!”, y desaparecía hasta la hora de comer… si es que aparecía, porque a veces alguien te invitaba y te quedabas a comer por ahí.

De aquella temporada guardo muy buenos recuerdos:

  • Los baños en la piscina,
  • Merendar  un tomate con aceite y sal, recién cogido del huerto, sentada en la escalera, que daba al jardín.
  • Salir a coger madroños.
  • Las meriendas-picnic de niñas, con cestita y todo, en medio del campo.
  • Saltar el muro de aquella casa abandonada para pescar renacuajos de la piscina.
  • Tirarnos en bicicleta, sin frenar y gritando como locos, por aquella cuesta tan empinada.
  • Descubrir una antigua cabaña de piedra en el bosque y hacer de ella nuestro escondite secreto.
  • Jugar a hacer playback.
  • Sentarnos en la entrada del pueblo a saludar a los conductores que pasaban por la carretera.
  • Salir a buscar caracoles.
  • Las comidas con los vecinos los domingos.

elconfidencial.com

Eso son los recuerdos de cuando estaba en casa; pero también veraneábamos; mi madre, por aquel entonces convivía con un hombre gallego, así que en verano nos íbamos a Galicia, a su pueblo (qué pueblo: ¡aldea!). De allí guardo recuerdos entrañables también:

  • Dejar el R25 fuera de la aldea, porque no entraba por las calles.
  • La casa de madera con el establo debajo.
  • La leche recién ordeñada por la mañana.
  • Llevar las vacas a pastar con las niñas de la familia.
  • Tumbarme en la hierba fresca del prado, oyendo sólo el riachuelo que lo cruzaba y el tintineo de los cencerros de las reses.
  • La visita obligada a Santiago de Compostela y a la Catedral.
  • El olor de la queimada.
  • Mi acento galleguísimo al terminar las vacaciones.

Seguro que, si profundizo un poco más en mi memoria, encuentro muchos más recuerdos agradabilísimos. Pero así, a bote pronto, esto es lo más significativo que recuerdo de mis veranos entre los siete y los doce años. Después me mudé a la ciudad y, aunque también hubo buenos veranos, ya no fue lo mismo. Nunca más sentí esa libertad de campar a mis anchas sin preocupaciones, sin miedos, con la tranquilidad y la despreocupación que otorgan la ingenuidad y la inocencia.

Fueron buenos tiempos que guardo en mi memoria.

¿Y tú? ¿Recuerdas los veranos de tu infancia? Siente la nostalgia y compártelos conmigo.

 
 

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Desirée Bela-Lobedde
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12 Comments

  1. Cartafol . dice:
    octubre 5, 2011 a las 08:34

    Que bonita entrada! yo si recuerdo los veranos de mi infancia, toda mi infancia….si no te importa me los guardo para hacer un post sobre ello y te pongo aquí el link cuando la publique ¿te parece bien?
    Besos ¿y como se llamaba el pueblo, la aldea?

    Responder
    • Anónimo dice:
      octubre 6, 2011 a las 07:35

      ¡Claro que no me importa! Me parece perfecto, Cartafol; me alegra haberte servido de inspiración, jejeje!! 
      El pueblo es A Bouza, ¿conoces?

      Responder
  2. Fiebre . dice:
    octubre 5, 2011 a las 21:12

    Ufff. Tengo veranos de pueblo. Corriendo por la era en bicicleta y trillando subida en burro.
    De ciudad en la super- piscina municipal con un montón de amigos de mi quinta.
     En la playa del Saler de adolescente hinchándome de alli-oli y pan tostado.
    Al final no tengo ningún recuerdo nítido que me transporte a la infancia. Ser hija de militar es ser nómada y no ser de ningún sitio…

    Responder
    • Anónimo dice:
      octubre 6, 2011 a las 07:36

      Alli-oli y pan tostado. Soy tan zampabollos, que lo único con lo que me quedo es con esto, Mari: soy lo piorsito.
      Ser nómada, no ser de ningún sitio. O ser un poco de todos y cada uno de ellos…

      Responder
  3. Pilar dice:
    octubre 5, 2011 a las 21:17

    Veranos de playa, veranos de capital achicarrados, veranos de excursiones, veranos de cine al aire libre, veranos de bici, veranos de sueños y sal.
    Verano e infancia, que bueno tener tan estupendos recuerdos, gracias por compartir los tuyos y reavivar los míos.
    (me gustan los cambios en esta casa)

    Responder
    • Anónimo dice:
      octubre 6, 2011 a las 07:38

      Cine al aire libre, Pilar; lo comentaste no hace mucho en tu blog, y me trajiste recuerdos. Me alegra ser yo ahora quien te haga evocarlos.
      Gracias por notar los cambios. Ahora el blog es más yo.

      Responder
  4. Drew dice:
    octubre 5, 2011 a las 22:29

    Que maravilla de veranos, que lujo! Yo os pasaba en Benidorm, y los sigo pasando cuando puedo. Éste verano había una pandilla de chavales de unos 13-14 años y les veía y recordaba cuando yo tenía esa edad, mi pandilla, como pasábamos los días en la piscina como ellos…. La verdad es que eran años bonitos, 2 meses sin pensar en absolutamente nada, yo sabía qué día era porque lo miraba en el periódico cuando mi abuela me mandaba a comprarlo por las mañanas, que despreocupación!  
    Los pueblos tienen algo especial, me ha encantado lo de la vaca. Besos!

    Responder
    • Anónimo dice:
      octubre 6, 2011 a las 07:38

      Sí, Drew. Bendita despreocupación adolescente! Así que en Benidorm, eh? Si me acerco el verano que viene a ver a mi amiga G., que segurísimo que sí, te aviso y nos vemos. Te hace?
      Besitos!

      Responder
      • Drew dice:
        octubre 6, 2011 a las 19:44

        Me hace mucho! 🙂

        Responder
  5. Maba dice:
    octubre 7, 2011 a las 16:02

    los míos eran parecidos,.. en mi pueblo pero un poco lo mismo; todo el día trampeando con las bicis, por las tardes íbamos a la playa… 
    desaparecer y aparecer sólo cuando el estómago rugía
    coger moras y ponernos perdidas.. los picnic!! 
    ponernos los patines y quitarlos sólo para meternos en cama (y porque nos obligaban) 
    aquellos veranos. a mi también me gusta mucho la nostalgia; esta no me da pena, todo lo contrario; esta me da mucha alegría por haberla vivido y por recordarla
    (me encantan los cambios! te ha quedado apañado pero sobre todo, muy, muy acogedor!)
    besos

    Responder
    • Anónimo dice:
      octubre 8, 2011 a las 02:13

      Eso es, Maba. Esa nostalgia alegre de los años de infancia; esa nostalgia que da felicidad, y nos pinta la sonrisa en los labios, por los gratos recuerdos.
      Me alegro de que te gusten los cambios.
      Besitos!

      Responder
  6. Las tardes de mi infancia | Diario de la Negra Flor dice:
    diciembre 12, 2011 a las 08:32

    […] una tienda, porque vivíamos en una urbanización que empezaba a desarrollarse (te lo conté aquí), a la que no llegaban los autobuses interurbanos. Por no pasarme la tarde entera aburriéndome en […]

    Responder

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